El Intimismo Reflexivo de Anahí Roitman

Detrás de la imagen, como intituló el famoso crítico italiano Federico Zeri a uno de sus libros, es donde hay que buscar la identidad de un artista. No dentro de ella, sino en su trasfondo. Allí aflorarán vínculos y reminiscencias, huellas y memorias, asociaciones y metáforas, en una verdadera sinfonía de valores. Frente a la obra de Anahí Roitman este aserto se cumple incontrovertiblemente. Sus telas atrapan todo un quantum de sensorialidades, que a más de convocar al ojo desafían a penetrar en los campos de las subjetividades que laten en el cuerpo de cada forma. Porque el artista construye su obra desde adentro. Así, sus campos de color ofrecen una suerte de universos compartidos. Más allá del trompe l’oleil, la ilusión del cuadro dentro del cuadro, en un enroque sensorial y sensitivo de las formas que se ensamblan y a la vez liberan de su propia representatividad. En este presupuesto, la artista deja fluir sus historias cotidianas, los acuerdos emocionales y, tal vez, las fantasías que armonizan en su memoria. De ahí, su pintura testimonia unívocamente un sentir en el hacer. No la invención porque sí, ni el ludismo gratuito. En su caso, la obra compromete su propio vuelo expresivo, su voluntad conceptiva, su desafío y la dimensión de su reencuentro. Nada menos. Por ello, quizá (y también por esa formación clara y exigida que recibió de un maestro de la talla de Ernesto Farina), la pintura de Anahí Roitman rezuma un intimismo reflexivo poco habitual. En cada color, la vibración de la materia, la sensualidad de la forma representada, el otro lado de esa forma representada. Universo de valores que Anahí Roitman trabaja para que lo habiten quizá fantasmas. Fantasmas que, sin embargo, abren un diálogo persuasivo y profundo como pocos, en la obra de esta argentina talentosa. J. M. Taverna Irigoyen / Catálogo de la Exposición Anahí Roitman, Art Miami Fair 2000. Galería Vía Margutta. Florida U.S.A.

Anahí Roitman, de una u otra manera, intenta relacionar el mundo de afuera con ese adentro, no solo son los objetos representados los que están presentes sino el sujeto interior que se manifiesta en el lenguaje de la pintura, bañando dichos objetos de una atmósfera específica, personal, que nos habla al espíritu. Rosa Faccaro. Presentación Libro Anahí Roitman. Feria Internacional del Libro. Buenos Aires, Argentina 2001. El conjunto de pinturas parece componer el escenario de su vida, fragmentos de reminiscencias y, también revela su intensa reflexión sobre la pintura. La pintura como conocimiento, como historia y como metáfora de sí misma. Mediante imágenes, muchas de ellas nacidas de su imaginario particular, la artista crea un universo figurativo diversificado, en el que no sólo representa pistas; más que eso, interpreta y crea un lenguaje propio. En su poética emergen figuras influenciadas por ese deseo incontenido de crear más y más. Su narrativa visual está impregnada de temas que trascienden una supuesta ingenuidad y la posicionan críticamente con respecto a su mundo. Existe una dialéctica latente fundamentada en su experiencia de vida. En su poética emergen figuras influenciadas por ese deseo incontenido de crear más y más. Su narrativa visual está impregnada de temas que trascienden una supuesta ingenuidad y la posición críticamente con respecto a su mundo. Existe una dialéctica latente, fundamentada en su experiencia de vida. El conjunto de escenas forma una especie de caleidoscopio en el que nada aparece por azar. Su mundo está, aparentemente, bajo control, ordenado por la memoria, por el tiempo vivido, por el conocimiento de las cosas y del mundo. Fabio Magalhães. Catálogo Exposición Memorial de América Latina. San Pablo, Brasil. 2002

La luz como metáfora Rosa Faccaro / Presentación Libro I La luz como metáfora se asocia a la obra de Anahí Roitman, en el sentido que ella imprime un clima íntimo a la obra, como se refiere el crítico Taverna Irigoyen cuando expresa que de “una u otra manera intenta el artista relacionar el mundo de afuera con ese adentro”, no sólo son los objetos representados los que están presentes en la obra sino el sujeto interior que se manifiesta en el lenguaje de la pintura bañando dichos objetos de una atmósfera específica, personal, que nos habla al espíritu. El antropólogo Castañeda serefiere en este caso a un “tonal”, una música del yo.